sábado, 23 de agosto de 2014

Payo Roqué, el Conde Cordobés. Por Carlos A. Ighina*.





Benjamín Roqué, el Payo Roqué, fue una de las figuras emblemáticas del juarismo no sólo en Córdoba sino también en Buenos Aires, pero no precisamente por su participación política o por el desempeño de cargos públicos relevantes.
Fue conocido y admirado por su enorme capacidad para el entretenimiento colectivo en reuniones sociales y por la brillante y atrapante forma de relacionarse en los ambientes que frecuentaba. Miguel Juárez Celman,presidente de la Nación, lo contó en la nómina de sus acompañantes más allegados, con inclusión en el presupuesto nacional, para cumplir el rol que otros personajes de sus talentos habían desempeñado en las cortes europeas: entretener con gracia indelegable y no carente de refinamientos.
El Payo Roqué, llamado así por su muy rubio cabello, nacido en 1865, perteneciente a una conocida y acreditada familia de Córdoba, llegó a ser figura muy popular en Buenos Aires, ciudad a la que había arribado como uno de los “incondicionales” del presidente. Los que le trataron lo definían como “enemigo irreconciliable del trabajo y del casamiento” que, en sus épocas doradas, vivía de un subsidio presidencial de 400.000 pesos anuales.
Un cronista de La Nación lo presentó como una “maravillosa obra de la ingeniería imaginativa”, pues cada uno de sus gestos valía por todo un poema. Solía presentarse en las reuniones con un espectacular saludo, obra maestra del ademán sólo en él concebible. Bullanguero y sorprendente, era capaz de reproducir las más difíciles onomatopeyas y de relatar las más desopilantes aventuras.
Infaltable en Buenos Aires en lugares como el Jockey Club, Club del Progreso, Círculo de Armas, Confitería del Águila, Café de París o Aus Keller, había frecuentado confianzudamente a Rubén Darío, José Ingenieros, Ricardo Rojas, Miguel Cané y Pedro Goyena, entre otros notables, y realizado más de medio centenar de viajes a Europa y algunos a Estados Unidos. Por cierto, pasajes y estadas no salían de sus bolsillos sino de los de sus acaudalados padrinos, como don Benito Villanueva, caudillo político mendocino y afortunado empresario, quien en su calidad de presidente provisorio del Senado ejerció interinamente la Presidencia de la Nación.
Conoció, frecuentó y hasta convivió con nobles y magnates del mundo. Asumió en sus rumbosos periplos las más diferentes personificaciones: príncipe ruso en Londres, pariente de la casa real italiana en Budapest y, su carta de presentación más habitual, “conde Benjamín de Roqué”, palabras con las que estrechó la mano del rey de Bélgica en un ascensor de París.
En sus salidas, el elegante y regordete cordobés se presentaba generalmente con bigotes en forma de manubrio, lentes con cinta hasta el ojal, corbata plastrón y levita abierta, haciendo marco a su chaleco de piqué. Un bastón de Malaca, galera negra y guantes patito finalizaban los detalles de su esmerado refinamiento. 

Hacia fines de la segunda década del siglo pasado, Enrique Loncan lo describe en su edad madura como de “silueta física inconfundible, amplios bigotes de domador de fieras, apostura bizarra y arrogante que los años han deformado con implacable pronunciamiento abdominal; aspecto de gran señor bien comido y satisfecho en sus estrechos jacquets de Bocconi Fratelli, además de dueño de actitudes que eran admiradas y comentadas en los principales círculos porteños”.

En una miscelánea, el escribano Eloy Domínguez lo señala como presente en el festejo inaugural de la sede inicial del Colegio de Escribanos de Córdoba, donde habría subyugado a la concurrencia, imitando disparos de bombas, sonidos de una banda de música y el discurso del presidente de una imaginaria Societá di Mutuo Soccorso.
Su presencia en la calle Florida fue proverbial y motivo de la atención de los transeúntes, a tal punto que Ángel D’Agostino y Ángel Vargas, en su versión del tango Shusheta -lunfardismo que puede traducirse como “El elegante”, de los años 40-, incluyeron, con anuencia del autor de la letra -Enrique Cadícamo-, una estrofa que lo menciona como prototipo del cajetilla bien vestido.
Inquieto y relacionado con un mundillo de figuración social, fundó varios periódicos humorísticos como La Roncha, Piff Paff de París y Piff Paff de Buenos Aires, en cuyas páginas hacía escribir a prominentes literatos de la época, ciertamente sin pagarles un centavo e ingresando -a sus arcas- los francos o los pesos de la venta de los esperados ejemplares, dineros que le permitían seguir gozando de la buena vida.
El más egregio silbador de su tiempo, el más sorprendente imitador de sonidos, el más cordial e ingenioso de los conversadores informales, el más gracioso de los narradores de café, murió en una camilla de la Asistencia Pública de Buenos Aires, identificado con algunas dificultades por su último protector, don Benito Villanueva. 

Los enfermeros le habían afeitado el bigote y sin los mostachos era otro. Además, en sus casi 70 años, el rubio cabello se le había encanecido y una mala tintura le quitaba la prestancia de otrora. En su necrológica, La Nación lo evoca del mejor modo: “Nunca una pena. Nunca un exabrupto. Constituía la imagen ideal de la felicidad”.
Fue un amigo fiel y consecuente, demostradamente generoso y, tal vez, el único que siguió leal a Juárez Celman después de su derrumbe político.


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