sábado, 16 de agosto de 2014

La Caballería: la Fuerza Armada al servicio de la Verdad desarmada. Por por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.






QUIENES SOMOS 

Los Caballeros de la Orden, soldados de Dios, somos laicos, hombres y mujeres de frontera, dispuestos a estar en aquellos lugares donde hay situaciones de injusticia, donde otros no pueden o no quieren estar, donde se puede tener un efecto multiplicador en bien de la misión. Hombres preparados para responder a las necesidades de nuestro mundo, solidarizándonos con las víctimas de esta historia y así acompañar a Jesús rumbo a la cruz. Somos Compañeros de Jesús, amigos para la misión, y estamos al servicio de la Mayor Gloria de Dios. Herederos de Misioneros y educadores, viajeros y descubridores, cartógrafos y geógrafos, hombres de teología y espada, de ciencia y espiritualidad, conspiradores políticos o pacificadores, los jesuitas han sido, desde la fundación de la Compañía de Jesús una de las órdenes religiosas más importantes y controvertidas de la cristiandad; efectivamente, un grupo muy influyente a nivel mundial.
Bandera de las Américas, adoptada como símbolo de las Américas
por la séptima conferencia internacional Americana de
Montevideo el 13 de diciembre de 1933

Visitan a  SS Francisco, el R.P. Alfredo Sáenz S.J
junto a su sobrino el "sacerdote" Ramiro Sáenz


I. FE Y MILICIA

Suele afirmarse en nuestros días que el espíritu evangélico es incompatible con la condición militar. Esto conduce por lo común a una serie de oposiciones dialécticas invariablemente falsas. Así el mensaje cristiano queda reducido a una pasiva aceptación de cualquier cosa, a condición de que se mencione genéricamente la "fraternidad", el "amor" o algún otro tópico por el estilo, cuanto más vagamente mejor. A su vez, el estado militar se reduce al ejercicio ciego de la violencia, descontando que ella será siempre sinónimo de abuso y atropello

Las consecuencias de este planteo revisten mayor gravedad que lo que podría parecer. En efecto, no son ya los posibles excesos o vicios del soldado los que resultan cuestionados, sino la existencia misma de lo militar en un marco cristiano, la misión y el estilo del hombre de armas.

De allí a la desmovilización ética de los cuadros militares hay muy poco trecho, pues la disyuntiva planteada conspira contra su misma naturaleza. O las fuerzas armadas se adecúan a una mentalidad pacifista, internacionalista... "cristiana", o es preferible que desaparezcan.

En este mundo de imprecisos "derechos humanos" y de "adultez de la humanidad", que desconoce las nociones de Orden y Jerarquía; que, de espaldas a la Realeza de Cristo, ha identificado el progreso con la apostasía, subordinando la Justicia a la comodidad y la Verdad a la conveniencia; que descree del amor a la Patria, procurando un mundialismo utópico y un paraíso en la tierra, mientras hipócritamente se perpetran las peores atrocidades en este mundo, pues, es lógico que la figura del soldado resulte tan insoportable como extemporánea, y que se pretenda también que resulte anticristiana.

Porque el auténtico soldado sabe que "milicia es la vida del hombre sobre la tierra", que hay bienes que no son mediatizables ni negociables, y por los cuales es preciso estar dispuesto a dar la vida; que los pueblos y las naciones crecen cuando combaten contra la infidelidad a sus misiones y contra lo que se oponga a su verdadero destino; y que hay una violencia legítima cuando se ofrece y se derrama la sangre en defensa de Dios y del Orden por El instaurado.

En el plano religioso, las consecuencias a las que aludíamos son igualmente serias. Se pretende reducir la doctrina cristiana a una serie de recetas para asegurar una promiscua convivencia. De este modo, el cristiano deberá ser ecléctico y anodino, adaptable a todo y con todo reconciliable; capaz de rápidos cambios de puntos de vista y de múltiples transacciones, aunque resulten contradictorias. Nada suscitará su rechazo frontal ni moverá su cólera. La norma será el tipo humano edulcorado y sumiso. El lema, pedir perdón por un pasado presuntamente intolerante y cerril.

No es extraño entonces, que cuando la Iglesia Católica acepta a las fuerzas armadas instituídas en los países civilizados del mundo cristiano y convive con ellas, no falten sectores que generen hacia Ella actitudes de sospecha o de acusación; como si la Iglesia estuviera traicionando sus principios. No obstante, son esos mismos sectores los que nada dicen cuando algún o algunos miembros de la catolicidad, participan —como viene sucediendo dolorosamente— en las fuerzas bélicas de las organizaciones terroristas. Y es aquí cuando la falacia del pacifismo se hace más evidente.

II. EL PACIFISMO

El pacifismo es anticristiano; y, de suyo, inconsistente y mendaz.

Anticristiano, porque no puede recibir otro nombre todo lo que conlleve renunciar a la justicia y a la verdad en aras de la conveniencia; todo lo que suponga preferir una existencia pacata y sin sobresaltos a la necesidad de librar el Buen Combate.

Es cierto que Cristo nos dejó su Paz, pero ella es cosa bien distinta del pacifismo; por eso agregó que "no es como la del mundo la que Yo os doy" (Jn. 14,27). Para esa Paz —vertical y difícil— es preciso que "no se turbe vuestro corazón ni se intimide" (Jn. 14,27); más aún, habrá que resguardarla muchas veces; por eso, "ahora el que no tenga, venda su manto y compre una espada" (Lc 22,36).

Es doctrina enseñada por la Iglesia —desde los tiempos apostólicos hasta nuestros días— que hay una violencia lícita servidora del Bien Común, una fuerza, que es expresión de Caridad y Templanza, dispuesta a preservar "la tranquilidad en el orden". En tal sentido, la posibilidad de la guerra justa no ha sido excluida por el Magisterio; más aún, se ha hecho expresa referencia a ella. Cuanto más se insista en que la paz es un don de Dios, más deberá recalcarse que, precisamente por eso, no puede negociarse ni obtenerse de cualquier modo.

"La verdadera voluntad cristiana de paz es fuerza —sintetizaba Pío XII—. No debilidad o cansada resignación. La voluntad cristiana de paz, es fuerte como el acero" (Ecce Ego; I, 11-16). Y, recientemente, ha sido Juan Pablo II el que recordó que "los pueblos tienen el derecho y aun el deber de proteger, con medios adecuados, su existencia y su libertad contra el injusto agresor" (La paz, don de Dios confiado a los hombres, 12. 1-1-82). No hay paz sin desafío y valentía, sin esfuerzo y ardor.

Paradójicamente, quiera o no entenderse, la verdad es que no hay paz sin violencia. Violencia interior contra nuestros desórdenes y pequeñeces; violencia exterior frente a las mil amenazas del mal. Por eso se ha dicho con acierto que "la paz es algo muy relacionado con la guerra, porque es consecuencia de la victoria. La paz exige de mí una continua lucha. Sin lucha no podré tener paz" (cfr.: Suarez, F.: La paz os dejo, Rialp, Madrid, 1974, p. 68).

Y el pacifismo es además, como indicábamos, inconsistente y mendaz.

Inconsistente porque la paz que propicia no es tal. No nace de la virtud sino del contubernio, no se nutre de la gracia, sino de los negociados, no asegura el gozo sino que promete un bienestar meramente material. No es la alegre certeza de haber alcanzado el Bien, sino la saciedad inconsciente del ganado que recibirá en cualquier momento la guillotinada fatal. Es la paz de los anestesiados y de los agonizantes, la bonhomía torpe y suicida, tan fugaz como débil, tan huidiza como insuficiente para colmar los anhelos del alma.

Y que el pacifismo es mendaz, pocas veces como en nuestra época ha quedado demostrado. Nunca como hoy se han establecido tantas y tan variadas organizaciones para la paz mundial. Y nunca como hoy se han visto crecer los odios y las enemistades mientras tales entidades no hacen sino azuzarlos y alimentarlos cínicamente. En nombre de la paz y con pretensiones de servirla se ejerce la peor de las violencias: la violencia de la hipocresía y la mentira, la fuerza organizada de las fuerzas del mal.

En el caso de algún pacifista sincero, hallamos una presa de esa "herejía perenne", como tan bien llamó Molnar al Utopismo. Se predica en favor de una situación que no existe ni puede darse, dada la condición de naturaleza caída por el pecado original, que ha desordenado las inclinaciones del hombre, buenas por cierto en su raíz pero actualmente desequilibradas.

Suprimir la guerra por decreto es ilusorio e imposible. Hacerlo suprimiendo el ejército es lo mismo que pretender eliminar las enfermedades cerrando los hospitales, o abolir la muerte demoliendo los cementerios. Es una actitud, en el mejor de los casos, vanamente soñadora, con fuertes resabios de aquel "hombre naturalmente bueno" que sólo se da en la afiebrada imaginación de Rousseau y sus epígonos.

Por esto, el ya citado Pío XII advertía que "una propaganda pacifista que provenga de quien niega la fe en Dios es siempre muy dudosa", y puede constituir "de propósito un simple medio encaminado a procurar un efecto táctico de confusión" (Gravi; II, 4, 28). Con similares palabras se expresa Juan Pablo II en el documento antes aludido (Nº 12).

Nuestro país tiene al respecto una experiencia más que aleccionadora. Infinidad de voces pacifistas y hasta algún trotamundo Premio Nobel casero no son más que los agentes de la subversión y el caos, como se ha demostrado hasta el cansancio. Es que la violencia se ejerce siempre; y no es su forma menos peligrosa la de aquellos que se autotitulan "no violentos".

Mientras escribimos estas líneas, nos enteramos por los periódicos que un comando ecologista denominado "Defensores del medio ambiente, amantes de la paz", atacó en Francia la central nuclear de Creys-Malaville, provocando desmanes alarmantes (cfr.: La Nación 20-1-82). No es, ciertamente, el único ejemplo que podría citarse.

Y precisamente porque está en el hombre la posibilidad de ejercer la violencia, es razonable que el Cristianismo se haya empeñado siempre en ordenar y encauzar esa disposición, en encaminarla y dirigirla hacia el Bien, en darle un curso recto y noble. Pero llegados aquí, ya estamos hablando de la Caballería.

III. LA CABALLERÍA

Se ha intentado, como vimos, crear una contradicción insalvable entre lo militar y lo cristiano. Torciendo la realidad de los conceptos, se busca introducir un antagonismo esencial entre la Fe y la Milicia, entre la vida guerrera y la vida religiosa y, específicamente, entre la Iglesia Católica y el servicio de las armas.

Lo cierto es que ni Cristo ni los apóstoles condenaron la vida militar. Y si todo el Antiguo Testamento está recorrido por paradigmas heroicos de recio perfil épico, es el mismo Cristo Nuestro Señor, ya en la plenitud del Nuevo Testamento, el que anuncia una vez y para siempre, que no ha venido al mundo a traer la paz, sino la espada (Mt. 10,34). Y es el mismo Cristo, al que la tradición eclesial supo representar en la figura de un guerrero, el que a la hora de poner un ejemplo perdurable de Fe, lo encuentra en un centurión romano. Y no justamente porque éste hubiera abdicado de su estilo castrense, sino precisamente, porque proyectó en su adhesión a Dios, la misma disciplina, el mismo sentido jerárquico, la misma actitud obediencial y reverente que en su conducta de soldado; "Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Por eso, ni me he atrevido ir a Ti. Di una sola palabra y mi siervo quedará curado. Porque yo, que soy hombre hombre sujeto al mando, tengo a mis órdenes soldados, y digo a éste: Ve, y va; y a otro: Ven, y viene; y a mi siervo: haz esto, y lo hace. Al oírlo, Jesús se maravilló de él y volviéndose a la multitud que le seguía dijo: Os digo que ni en Israel he encontrado fe como esta" (Lc. 7, 1-10).

Así, a despecho de tanto sentimentalismo pacifista, este centurión, tal vez el primer caballero cristiano de la historia, se convierte en ejemplo digno de imitación. Y siguen siendo sus palabras las que decimos antes de recibir la Sagrada Forma: "Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa..."

Es igualmente cierto que soldados fueron los miembros de la guarnición de Cesárea, en la costa del Mediterráneo, que colaboraron con Pedro cuando éste va a evangelizar más allá de Palestina (Hechos 10, 1-48). Como soldados son los amigos de Pablo en Filipos, con los que se construye la primera comunidad cristiana de Europa (Hechos 61, 25-34).

Y serán hombres de armas infinidad de santos, reyes, mártires y papas que a lo largo de veinte siglos ofrendaron sus vidas para mejor gloria de Dios. Porque la Iglesia no es esa "mugrienta pereza disfrazada de idealismo", ni la milonga y los ósculos vagabundos, ni los cánticos sensibleros y las palomas de la ONU. La Iglesia es Lepanto y las Cruzadas, es Covadonga y Roncesvalles, es el Alcázar de Toledo y la Gesta de los Cristeros. Es la legión de capellanes repartiendo escapularios a la tropa. Es el Rosario en el campo de batalla y la empuñadura en Cruz de los sables enhiestos...

"Cruz y Fierro, la tradición cristiana desde su origen prístino reunía, el ascetismo y la Caballería en equilibrio de sapiencia humana..."

La Caballería es en lo social lo que la virtud de la Fortaleza en lo personal. La agresividad que todos tenemos nos ha sido dada para emplearla en desarraigar los obstáculos que nos impiden alcanzar el Bien. La fuerza quitada al caballero no desaparece: la ejercerá el bandido, el usurero, la empresa sin alma, el estado endiosado, o quien fuere. Porque la fuerza no puede ser suprimida, sino que debe ser ordenada. El enemigo trata de dejarnos inermes frente a su agresión; y tendrá entonces, el monopolio de la fuerza desordenada. El caballero, en cambio, pone su espada al servicio de la Justicia y de las causas nobles. Si esto no ocurre, o bien se sucumbe frente al enemigo externo o bien frente al interno, limitándose, en ocasiones, a responder con una fuerza igualmente ciega y brutal; y entonces quien realmente triunfa es el Gran Enemigo en nuestro corazón. El uso de la fuerza entraña, pues, una enorme responsabilidad, una clara conciencia de los fines y una prudente consideración de los medios.

IV. EL ARQUETIPO DEL CABALLERO

Por defender estos principios tan olvidados como necesarios, este libro que prologamos — con más entusiasmo que méritos para ello— tiene un valor inestimable. Porque declara y define, pone luz y aire limpio en un ambiente enrarecido por los errores y las vulgaridades. Es más, insta a superar toda esa zafiedad circundante con el ejercicio de las virtudes caballerescas; y quien se acerque a sus páginas no podrá evitar la admiración por aquellos varones esforzados, por aquellos tiempos en que la hazaña era un hábito cotidiano.

Es la admiración que mueve a seguir el ejemplo más que a la nostalgia, el asombro que lleva a la contemplación fecunda, el conocimiento que sugiere la conquista del bien conocido. De ahí que no sea esta una obra arqueológica, cuyo objeto se agote en la descripción erudita de una institución del pasado. Es, sí, una penetrante reflexión histórica. Y subrayamos el término para denotar precisamente que en su historicidad radica su contemporaneidad.

El autor ha entendido perfectamente que no es la vida del hombre vulgar con sus valores aquello que rige lo verdaderamente histórico y educativo, sino el testimonio de aquellos que, trascendiendo las contingencias del devenir, de la dispersión, de lo aparente, de lo ordinario, han hecho de su vida y sus acciones un modelo de ininterrumpida vigencia. No es el saber enciclopédico el que perfecciona las almas, sino el detener la mirada en los gestos, en los actos, en los símbolos, en los pensamientos que han vencido la fugacidad diaria, que han conquistado un sitio en el Tiempo y por eso se han vuelto actuales, es decir, permanentes.

Los ídolos deportivos y artísticos que arrebatan los sentidos de las multitudes crecen y decrecen como las aguas turbias de un río estancado. Los Caballeros de la Cristiandad permanecen fijos, inmóviles, idénticos a sí mismos, más allá de los cambios, de los gustos y las modas circunstanciales. De guardia eterna ante las puertas de los templos y los castillos para quien quiera seguir sus pasos y sus hechos.

Sólo los Arquetipos son cabalmente históricos; porque no es la existencia trivial lo que define sus conductas, sino precisamente la superación de lo fugaz y fenoménico, la superación del transitar corriente, en busca de la inmortalidad en Dios, que es el anhelo terminal de la criatura humana.
"La Caballería, se enseña en estas páginas, es más un ideal que una institución". Y ese ideal sigue siendo, para los hombres y las naciones, la única salvaguarda de la dignidad y del señorío; sobre todo hoy, cuando asistimos consternados no ya al deterioro de los supremos móviles, sino a la ausencia y orfandad de ideales.

El mundo moderno está enfermo de masificación y de inmanentismo. La Caballería le ofrece intacto —sin mengua ni desgaste— su espíritu sanante y recuperador.

Frente al homo faber, burgués o proletario, preocupado por el uso y el provecho de las cosas; frente al hombre divinizado y sin Dios, rodeado de gente y despersonalizado, lleno de audacias pero cobarde y sin más deberes que los de deshacerse de ellos; frente a este hombre promedio que sigue en rebaño la voz de la corriente, la presencia fulgurante del Caballero Cristiano es el camino indicador del deber ser.

Porque él, como lo ha visto luminosamente García Morente, es un Paladín. Alguien para quien la grandeza está por encima de la mezquindad, el arrojo por sobre la timidez, la altivez sobre el servilismo, el honor y el amor por encima de las conveniencias y las oportunidades (cfr. García Morente: Idea de la Hispanidad, Espasa Calpe, Madrid, 1961, pp. 50-97). Es el "home esencial", fiel a la Verdad hasta la muerte, respetuoso y temeroso de Dios y, por eso, verdaderamente sabio. Es el hombre que desprecia los halagos del mundo porque aspira a hacer de sus actos y de su vida una constante imitación de Cristo. Es el señor de sí mismo y del prójimo, pronto a defender todo lo que en la tierra no tiene defensa, y que es lo único que vale la pena custodiar hasta el martirio.

Y si todo biennacido está convocado a abrazar este ideal, con tanta o más razón aún aquellos que han elegido la carrera de las armas. Ellos deben saber, sin lugar a equívocos, que "la Caballería es la forma cristiana de la condición militar; es el sacramento, el bautismo del hombre de guerra", y que deben consiguientemente desenvainar sin titubeos su espada cada vez que sea preciso servir a Dios y a la Patria.

La consigna tanto liberal como marxista es inmovilizar a los cuadros militares en nombre del pacifismo y de otros mitos, para poder finalmente —como calculaba Lenin— asentar "el puñetazo al paralítico". "La consigna del caballero se resume en una sola palabra: batirse". No habrá dialéctica ni sofisma, no habrá estrategia internacional ni bandas terroristas que puedan vencer a un ejército cuando sus hombres estén animados de esta pasión heroica y de esta fortaleza cristiana. A no ser que se piense que la victoria consiste en sobrevivir sin un rasguño o que el fin de la milicia es custodiar los directorios de las empresas multinacionales.

Sólo una opción es lícita en esta hora: la molicie complaciente e indiferente ante el avance del mal, o la resistencia y el ataque varonil. O la genuflexión ante los poderosos de la tierra o el vivir de pie para el descanso eterno en la Casa del Padre. Traición o lealtad. Entrega o Valentía; plebeyismo o jerarquía y rango.

'Sólo una opción es lícita y es la opción de siempre: "El que no esté conmigo está contra mí. El que no siembra conmigo, desparrama" (Lc. 11, 23).

"Caballería no aprecia multitud de número''. Por eso, no importa que sean pocos o muchos los dispuestos; importa sí que seamos, ya, decididos e intransigentes en la nobleza y respecto a todo lo noble que debe restaurarse.

Todo esto y mejores cosas las comprenderá el lector adentrándose sin más demoras en las páginas de este reconfortante libro; que no ha sido hecho para ser leído, sino para ser frecuentado, para volver sobre él, para andar con él. Su autor, un verdadero miles Christi, nos entrega una vez más el don de la Verdad. Y si algún sentido tienen estas palabras preliminares es el agradecer e intentar saldar la deuda de la sabiduría.

Las leyendas son parte de la Caballería, y es un tema común en todas ellas —basta recorrer las antiguas sagas— que cuando un reino o heredad está en decadencia por el triunfo de los inferiores y de sus felonías, la tierra se esteriliza y reseca, los campos devastados no florecen, el paisaje todo se ensombrece y vacía, hasta que el Héroe Elegido para ocupar el sitio peligroso —el puesto del comando en la tormenta— regrese a restaurar el Orden, a hacer justicia y reparar agravios.

La Argentina, que fue fundada y construida por auténticos Caballeros Cristianos, es quizás esta tierra devastada y estéril que nos duele. Más próxima a un mercado haraposo y prosaico que a una Fortaleza irreductible. Quiera Dios que la lectura y la meditación de estas páginas arrebate a muchos del tedio y de la medianía y les suscite ese amor combatiente y combativo.

Y que los campos yermos de la Patria reverdezcan gloriosos al paso alegre e implacable de los Caballeros de Cristo.


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