viernes, 30 de mayo de 2014

Palabra de la CPAL: Más en las obras. Proyecto Apostólico Común.







Quiénes somos 


Los Caballeros de la Orden, soldados de Dios, somos jesuitas laicos, somos hombres y mujeres de frontera, dispuestos a estar en aquellos lugares donde hay situaciones de injusticia, donde otros no pueden o no quieren estar, donde se puede tener un efecto multiplicador en bien de la misión. Hombres preparados para responder a las necesidades de nuestro mundo, solidarizándonos con las víctimas de esta historia y así acompañar a Jesús rumbo a la cruz. Somos Compañeros de Jesús, amigos para la misión, y estamos al servicio de la Mayor Gloria de Dios.


Orden Caballeros del Papa en América
Los Jesuitas conquistaron Sud América para la Iglesia de Roma 
(dijo Lord Maculay)


Bandera de las Américas, adoptada como símbolo de las Américas
por la séptima conferencia internacional Americana de
Montevideo el 13 de diciembre de 1933

Bula de la Santa Cruzada en América
Se dedicaba a los gastos de la guerra contra los infieles


Buenos Aires, 30 de mayo de 2014

Dice San Ignacio que el amor está más en las obras que en las palabras.

Por eso Jesús dice que el que lo ama, hace su voluntad.

En la segunda semana de los Ejercicios pedimos conocer para más amar y seguir más de cerca, que es una manera de hacer. Hacer cerca de, hacer con, hacer para. Jesús nos dice que no hay mayor amor que dar la vida por el amigo. Hacer que deviene entrega de lo que poseemos, hasta entregar lo que somos: la vida.

En la metodología del PAC, de la cercanía, conocer de cerca, con el entendimiento y el corazón, pasamos a la profundidad, comprender y amar desde el hondón de nuestra vida, y de ahí a la acción.
La acción que nace del amor. Acción transformadora. Muchas veces hemos comparado con la obra del artista, con énfasis en la creatividad requerida, que supone conocimiento, imaginación y corazón; o con la del obrero, con el peso puesto en la utilidad y el servicio, la intencionalidad de nuestra acción.

Ambas imágenes se complementan con una tercera: la del sembrador, cuya acción transformadora produce fruto, pero que no es el producto sólo de su saber, ni su querer, ni su voluntad productiva. Porque ni el que planta, ni el que riega, sino es Dios el que da el crecimiento. Es la espiritualidad de la acción que reconoce la acción del Espíritu en el movimiento creador del sujeto. Nos reconocemos como co-creadores, en una acción que involucra toda nuestra persona, incluida la presencia de Dios en nuestra vida.

Esto se nos hace más evidente en la acción educadora o evangelizadora que se realiza en relación a una persona, que invita a crecer en libertad; que no trabaja sobre una materia prima pasiva, que se deja modelar y transformar, sino que entra en diálogo activo, mutuamente transformador, hasta, como insiste Paulo Freire, hacer al educador educando, que aprende y crece en su acción, y al educando convertirlo en educador, que no sólo recibe, sino que aporta en el mismo acto de aprender.

Por eso hablamos de ser contemplativos en la acción. Porque en nuestra acción transformadora contemplamos a ese Dios presente como quien trabaja, del que nos habla la contemplación para alcanzar amor.

En ese sentido la Eucaristía es símbolo y sacramento de nuestra actividad transformadora del mundo. 

El pan y vino que en nuestra manos, por nuestra palabra y nuestra acción, se vuelven Dios presente y nos abren a la acción transformadora de Dios. Y por eso toda nuestra acción se vuelve eucarística, en cuanto hace presente al Dios que transforma y redime la realidad.

Nuestra vocación es misionera, es apostólica. Estamos llamados a colocarnos bajo la bandera de Cristo, a involucrarnos en su misión, que da sentido a nuestra vida toda. Vivimos orientados a la acción, en servicio de la fe y promoción de la justicia en un mundo intercultural e interreligioso. Nuestra oración, nuestro estudio, nuestra vida comunitaria deben ser misión. No sólo orientados para la misión, sino misión en sí mismos, de alguna manera sacramentales, que comienzan a realizar lo que anuncian y buscan.

Por eso nuestra acción tiene que ser en colaboración. Porque nuestra misión es construir comunidad, la comunidad del Reino. Y la acción misma tiene que ser constructora de comunidad, en colaboración. Tiene que crear relaciones de fraternidad, no de subordinación, en la actividad de la vida humana, que es compartida y creadora. La colaboración no es un añadido, sino constitutiva de nuestra acción apostólica.

Lo nuevo que añade el Proyecto Apostólico Común es la incidencia. Es una acción que no busca sólo la transformación directa, sino pretende crear olas, influir para que otros actúen. En una sociedad cada vez más compleja y plural, más institucionalizada y relacionada en redes múltiples y globales, más conflictiva y contradictoria, no basta con la acción directa personal, que sigue siendo el núcleo de nuestra misión. Es necesario incidir también en las redes y estructuras, pensar nuestra acción para que provoque olas, para que dispare movimientos que desde las redes y estructuras, entren en diálogo con la complejidad de nuestro mundo plural, que teja consensos desde nuestra disparidades.

Ya no se trata de imponer criterios morales o dogmáticos desde los centros de poder. Es necesario entrar en diálogo con un mundo intercultural e interreligioso para crear olas de humanidad abierta a la trascendencia. Nuestras prioridades nos hablan de esta actitud: la inclusión, la apertura a los jóvenes, el diálogo entre fe y culturas, la solidaridad latinoamericana.

Por eso en nuestro Proyecto Apostólico Común la acción se extiende hasta la incidencia.

Esta es la tercera nota de la metodología del PAC: su orientación a la acción transformadora y la incidencia más que a las palabras y declaraciones.

Jorge Cela, S.J

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