jueves, 13 de marzo de 2014

Catedral de Salta. La Iglesia de la Companía de Jesús.




Quiénes somos 
Los Caballeros de la Orden, soldados de Dios, somos jesuitas laicos, somos hombres y mujeres de frontera, dispuestos a estar en aquellos lugares donde hay situaciones de injusticia, donde otros no pueden o no quieren estar, donde se puede tener un efecto multiplicador en bien de la misión. Hombres preparados para responder a las necesidades de nuestro mundo, solidarizándonos con las víctimas de esta historia y así acompañar a Jesús rumbo a la cruz. Somos Compañeros de Jesús, amigos para la misión, y estamos al servicio de la Mayor Gloria de Dios.


Orden Caballeros del Papa en América
Los Jesuitas conquistaron Sud América para la Iglesia de Roma 
(dijo Lord Maculay)


En el año de 1767 la Corona dispuso la expulsión de los padres jesuitas de sus reinos en esta parte del mundo. Pasados los años, resulta sumamente difícil evaluar el impacto que causó en la sociedad toda y particularmente a los nativos, que lograron un desarrollo humano, social y económico que poco tiempo después de la partida de los misioneros fue desmantelado y dispersado. Fue así que, cuando a fines del siglo XVIII la Iglesia Matriz ya no era segura y con el paso de los años el deterioro se hacía notar más y más, se decidió aprovechar la abandonada iglesia de los padres de la Compañía, apenas a una cuadra de distancia de la Iglesia Matriz en la esquina de las actuales calles Caseros y Mitre. Pareció oportuno trasladar sus funciones a este templo, previa realización de algunas modificaciones en el frente y alguna ampliación en sus dimensiones.


En la primera década del siglo XIX, se dividió el antiguo Obispado del Tucumán, creándose la Diócesis de Salta. Su primer Obispo fue Mons. Nicolás Videla del Pino; por lo tanto este templo (el de los padres jesuitas) se constituyó en la primera Iglesia Catedral de la Diócesis de Salta. A decir verdad, este templo aunque refaccionado no era lo ideal, entre otras cosas porque el edificio tenía ya algo mas de 100 años de antigüedad.


Sin embargo este templo participó activamente en la historia de nuestra ciudad: allí residieron durante algunos años las imágenes del Señor y de la Virgen del Milagro; también fue allí donde se refugiaron los soldados del General Pío Tristán cuando se libraba la batalla de Salta, de donde salió triunfante el General Manuel Belgrano. Fue en la casa de los padres de la Compañía donde lloró la imagen de la Virgen de las Lágrimas y entre sus muros el Padre José Carrión recibió la celestial inspiración de sacar la imagen del Cristo del Milagro por las calles de la ciudad.


La revolución libertadora y las guerras de la independencia fueron, entre otras, la causa de que no se diera la atención necesaria a los asuntos eclesiales.


Fue así como el templo fue refaccionado en varias ocasiones, en forma precaria. Generalmente estas refacciones fueron financiadas por particulares, que sacrificadamente hacían su aporte material para el mantenimiento de la Casa de Dios.


En el año de 1837 el gobernador de Salta el General Felipe Heredia, nombró a la Virgen del Milagro Generala del Ejército de la Provincia de Salta, cuando se desarrollaba la guerra con Bolivia.

LABOR DE LOS JESUITAS 


Durante 50 años la ciudad prosperó y la evangelización llevada adelante por los padres jesuitas avanzó más aún. Se efectivizaron las primeras incursiones entre los tan temidos Calchaquíes, fundándose reducciones cuyo espíritu distaba en mucho del servicio de encomienda promovido por los conquistadores.

Dice Felix Luna en su Historia Argentina: la fundación de reducciones era grata a los indígenas porque los libraba del odioso servicio de encomiendas. En esto, los jesuitas fueron muy consecuentes: se opusieron siempre al sistema de encomiendas y fueron los únicos que apoyaron al oidor Francisco de Alfaro cuando éste pretendió sustituir el trabajo personal por un tributo. Así, los indígenas que fueron acudiendo a poblar las reducciones percibieron que los sacerdotes los protegían de la virtual esclavitud en la que los habían tenido los encomenderos, y este sentimiento devengó un prolongado rédito a los sacerdotes.


En segundo lugar, los jesuitas comprendieron que la aceptación de los aborígenes de las nuevas formas de vida que proponían las reducciones estaba condicionada a mejorar las mismas. Por eso les proveyeron de cuñas de hierro para que pudieran fabricar hachas, así como anzuelos y cuchillos; para quienes sólo utilizaban instrumentos de madera o piedra, la adquisición del uso del hierro fue un importante paso hacia adelante.


Hubo procedimientos menos utilitarios, por ejemplo el sagaz aprovechamiento de algunas creencias de los indígenas, sobre todo los guaraníes, que no chocaban directamente con la doctrina cristiana. Los guaraníes veneraban el mito de la búsqueda intemporal de una tierra sin mal; los jesuitas transformaron esta creencia en el Paraíso al que se llegaría después de la muerte. Los guaraníes adoraban a Tupá, que podía identificarse fácilmente con el Dios Padre; los palos cruzados como sostén de la morada terrenal se asimilaron a la cruz de Cristo. El héroe Pay Zumé (o Sumé para los tupíes) fue identificado con Santo Tomás o Tomé, que habría llegado desde el Asia a evangelizar estas tierras. Pay Zumé, según las leyendas indígenas, llevaba una cruz, quería enseñarles una nueva religión, hacía milagros y les enseñó a cultivar la mandioca, pero como no se lo había escuchado partió a otras tierras, no sin advertir que muchos años después vendrían otros hombres parecidos a él que predicarían sus mismas palabras y los reunirían en grandes pueblos, enseñándoles a amarse unos a otros y a tener una sola mujer. Es posible que esta relación sobre Pay Zumé haya sido perfeccionada por los mismos jesuitas; el hecho es que los guaraníes los recibieron como los descendientes del mítico personaje, aunque algunos otros pueblos los rechazaron, como cuenta el padre Dobrizhoffer, alegando que Pay Zumé ya vino una vez, que la tierra da abundantes frutos y que no tienen necesidad de nada más.


Los jesuitas respetaron en gran medida el sistema socioeconómico preexistente y aceptaron todos los usos y costumbres indígenas que no chocaran con las enseñanzas cristianas, como era el caso de la antropofagia, los sacrificios humanos, la magia y la poligamia. Pero usaron todos los medios posibles para su proselitismo, hasta el canto y el baile. El padre Martin Schmind, misionero entre los indios chiquitos, decía en una carta: Si soy misionero es porque canto, bailo y toco música…. Bondad, astucia, humor, regalos, hasta temor por lo natural y sobrenatural, todo será puesto al servicio de la mayor gloria de Dios.


A la par que progresaba el trabajo de los padres jesuitas, aumentaban también sus atribuciones para fundar iglesisas y colegios. El mismo Gobernador del Tucumán ordena al Cabildo, Justicia Mayor y Regimiento de las ciudades, villas y lugares de esta gobernación, le den todo el favor y ayuda, … , de manera que no les falte ni mengue cosa alguna, y no les ponga estorbo o impedimento alguno… fechado en el mes de noviembre de 1596.


Posteriormente, en 9 de octubre de 1614, el obispo del Tucumán por una nueva resolución nombró a los padres de la Compañía, especialmente doctrineros del Valle Calchaquí.


Fundaron muchas misiones que luego con el correr de los años se convirtieron en ciudades y pueblos, entre ellos San Carlos, Cachi, Molinos (en Salta), San Esteban de Lules y entre las tribus de los Ingas, Velichas, Tafí y Amaicha (en Tucumán), Ledesma, Ocloyas, Humahuaca, Uquia, Casavindo (en Jujuy), por nombrar unas pocas. Algunas de estas misiones han existido hasta principios del siglo XIX, pero ya en completa decadencia, según se deduce de los autos de los Señores Obispos. Las intrigas levantadas en contra de la congregación y que en la distancia la corona no supo manejar, termiaron con la expulsión de los sacerdotes jesuitas de estas tierras. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la América que conocemos y la situación en que actualmente se encuentras muchos nativos de estas tierras sería muy distinta (sin dudas para mejor) si la labor evangélica jesuítica no se hubiese truncado.

Biblografía consultada 


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