lunes, 16 de junio de 2014

Que toda rodilla se doble y toda lengua confiese. (Fil 2, 10-11). Por David Nazar sj, Superior de los jesuitas de Ucrania.




Quiénes somos 

Los Caballeros de la Orden, soldados de Dios, somos jesuitas laicos, somos hombres y mujeres de frontera, dispuestos a estar en aquellos lugares donde hay situaciones de injusticia, donde otros no pueden o no quieren estar, donde se puede tener un efecto multiplicador en bien de la misión. Hombres preparados para responder a las necesidades de nuestro mundo, solidarizándonos con las víctimas de esta historia y así acompañar a Jesús rumbo a la cruz. Somos Compañeros de Jesús, amigos para la misión, y estamos al servicio de la Mayor Gloria de Dios.

Orden Caballeros del Papa en América
Los Jesuitas conquistaron Sud América para la Iglesia de Roma 
(dijo Lord Maculay)

Bandera de las Américas, adoptada como símbolo de las Américas
por la séptima conferencia internacional Americana de
Montevideo el 13 de diciembre de 1933

Bula de la Santa Cruzada en América
Se dedicaba a los gastos de la guerra contra los infieles


Los discursos de Martin Luther King en Estados Unidos alentaron los anhelos de un pueblo que buscaba su libertad tras una dolorosa historia de opresión. En América Latina el martirio de los pobres y sus líderes religiosos ayudó a derribar las estructuras que mantenían a los ricos, ricos y a los pobres, pobres. Alemania optó por reconciliarse con su propia historia e inauguró con sus vecinos un proceso de reconciliación que recibe hoy entre los países un reconocimiento elevado e impensable en los años 50. En Sudáfrica, el proceso Verdad y Reconciliación puso fin -al menos por un tiempo- a la violencia racial y echó los cimientos de una posible vida en armonía. Estos acontecimientos han sido históricos, sociales y profundamente espirituales, no solo para la gente implicada, sino para el mundo en general. El maidan en Ucrania -plaza en Kiev donde se han sucedido las demandas ciudadanas- ha sido uno de esos momentos en que los anhelos del alma de una nación se volvieron claros como un cristal. Las fuerzas del bien y del mal salieron de las sombras, había que optar por la vida o la muerte, por la esperanza de recobrar la dignidad o por la desesperación de la violencia.

Nadie perdió la calidad espiritual durante el tiempo del maidan. No solo la Iglesia estuvo presente de modo activo, sino también los intelectuales que citaban la Escritura para explicar los eventos dramáticos que se iban sucediendo. Los programas televisivos más conocidos entrevistaron a destacados líderes de la Iglesia sobre el pecado, el castigo y el perdón. Los jesuitas en maidan escucharon confesiones e historias de conversión de quienes redescubrían un nuevo sentido de un Dios presente en aquella lucha.


Para nosotros jesuitas, el largo proceso del maidan, que empezó con el Adviento y continuó durante el periodo de Pascua, nos hizo vivir el misterio pascual en tiempo real. Continuamos predicando, enseñando, dando retiros, trabajando con jóvenes y refugiados. Los retiros llegaron a ser momentos extraordinarios de reflexión sobre el poder del Evangelio para vencer el mal. Un mal que imperaba fuera por medio de secuestros, torturas y la matanza sin sentido de inocentes. A pesar de la violencia, la gente no renunciaba a comprometerse de manera abrumadora con un proceso de paz en favor del establecimiento de una justicia transparente. Fue una llamada. Recuerdo las reflexiones proféticas de un famoso historiador el día de los Inocentes (Mt 2,16). Se veía con claridad que las líneas de combate habían sido trazadas de tal manera que su fin no llegaría sin la muerte de inocentes. La negativa del maidan a tomar las armas en defensa propia evocaba el silencio de Jesús ante Pilatos y su aceptación de una sentencia injusta. La despedida de los jóvenes de sus padres al irse resueltamente a Kiev, dando por seguro que no iban a volver, testimoniaba una llamada que muchos aceptaron con una extraordinaria paz y, a menudo, con gozo. Incluso en el momento de la muerte, sus vidas hablaron de dignidad, asumiendo que alguien tenía que tomar los pecados de la nación sobre sí para exponer y exorcizar el mal. La crucifixión de Cristo se convirtió en inspiración para dar esperanza y tratar de comprender una brutalidad que no tenía sentido.

Se vio como una cruel ironía que el ejército del presidente eligiera atacar durante los días santos, días durante los cuales pensaban sería fácil atrapar a los manifestantes. Después de su vuelo, el presidente prometió regresar victorioso el Domingo de Pascua, pero no fue así. Para los creyentes, todo el periodo fue una larga meditación sobre el mal y sobre la única respuesta cristiana posible. Hubo testimonios conmovedores de jóvenes que encontraron paz en Dios poco antes ser disparados por francotiradores ocultos. Como en la Escritura, la principal arma del mal ha sido el miedo. Y también como en la Escritura, la respuesta ha sido: no temáis. Permanecieron con una paz cierta y confianza en que al final el bien prevalecería. Y así fue.

Ahora se está librando una segunda batalla que no es del todo inesperada. Puede ser una sorpresa para algunos, pero la Unión Soviética no ha muerto en la mente de muchos hombres de poder. Los ucranianos piensan que no habrá paz hasta que este sueño no muera. Una vez más se trata de una lucha entre luz y tinieblas; fuerzas de poder y control contra la dignidad humana; fuerzas de mentira y manipulación contra un anhelo trasparente por la verdad y la reconciliación. El desenlace de esta segunda batalla está a la vista.

Para los jesuitas, como para muchos otros, éste ha sido un tiempo para dar testimonio del poder que el misterio pascual tiene de recrear un mundo que el pecado solamente puede destruir.

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