ORDEN DE LOS CABALLEROS DE
SU SANTIDAD EL PAPA
"SAN IGNACIO DE LOYOLA"
PRIORATO GENERAL EL PERÚ
¿Por qué no ocupar
nuestro lugar en la política para ejercitarlo en el bien de los demás? La
actitud ignaciana hacia la política exige esfuerzo en el conocimiento de la
realidad, sometiendo nuestras propias limitaciones para elaborar alternativas
morales consistentes, creatividad para diseñar los nuevos cursos del mundo
hacia el bien común, y el trabajo concreto de solidaridad con el prójimo. Por
Marcial Rubio Correa*
Para Ignacio de
Loyola, interpretamos nosotros, la política requería de una aproximación
compleja en actitudes humanas, como ocurre a su turno con los otros ámbitos de
la vida. Se trata de resumirlas, con el serio riesgo de ser reduccionista,
diría que cuando menos son los siguientes:
- Buscar el
conocimiento verdadero de la realidad, o el más cercano posible a la verdad.
- Elaborar una
posición humana y cristiana frente a esa realidad.
- En base al
conocimiento de la realidad y a la posición propia, crear alternativas que
puedan modificar la realidad orientándola hacia el bien común.
- Intervención en la
realidad para modificarla con la conciencia de que la Salvación tiene mucho
que ver con ello.
Creemos que éste es un
conjunto de elementos que caracteriza una apreciación ignaciana que caracteriza
una apreciación ignaciana de la política tanto como, en general, de toda la
vida. Es preciso no separar las cosas, no tomar una parte y dejar la otra y
esto es muy importante porque el todo es complejo y diverso: implica conocer,
crear, actuar y, sobre todo, creer.
Desde luego, la
actitud ignaciana puede ser adaptada a quienes no comparten la fe, pero esto
quitará una componente esencial a su concepción integralmente considerada.
En materia de actitud,
es esencial mantener los aspectos de conocimiento, de creación y de
intervención en la realidad. No bastan uno o dos aspectos de ella, de los que
se trata es de asumir una actitud ignaciana, por lo tanto totalizante, hacia la
realidad.
Veamos ahora de manera
somera, que es lo que permite esta presentación, cada uno de estos aspectos.
1. Buscar el conocimiento verdadero de la realidad
Pareciera que la
búsqueda del conocimiento verdadero es un punto de partida, pero es asombrosos
es un punto de partida, pero en política es asombroso cuántas veces
perseveramos en el error.
Caemos en él por
muchas razones. Una primera consiste en que la realidad cambia constantemente
pero nosotros no estamos dispuestos a reconocerlo y pretendemos que el
conocimiento interior, es aún correcto hoy día. Cuando esto ocurre hay cierta
falta de humildad que debe ser resaltada cuando tratamos de la posición
ignaciana frente a la política.
Pero también
intervienen las ideologías, que son como fondos de botellas con las cuales
miramos la realidad y, muchas veces, nos convencemos de que ésta es como la
ideología dice. Las ideologías pueden mantenerse intactas, en la mayoría de los
detalles, a lo largo de mucho tiempo.
Estas reflexiones
anuncian que para conocer adecuadamente la realidad, tenemos que precavernos de
la esclerosis ideológica y debemos revisar permanente nuestras concepciones,
ajustándolas a la realidad y a los cambios que en ella ocurren. También suele
ocurrir que nos neguemos a mirar la realidad porque nos incomoda hacerlo o
porque, de alguna manera, es mejor no verla. Por ejemplo, es interesante
reflexionar sobre si nos hemos preocupado de comprender lo que está pasando en
el mundo tanto con el terrorismo demencial, como con la coalición que se
prepara contra él y que llegó a tener nombre, que si quería decir lo que decía,
en realidad era inadmisible: ”Justicia infinita”, sino también falibles.
Felizmente cambió el nombre.
Tendríamos que preguntarnos, también si sólo el nombre cambió.
Creemos que esta
situación es un buen laboratorio de experimentación sobre nuestra actitud hacia
el conocer en la política. Si hemos pretendido entrar en los detalles que
razonablemente podemos alcanzar; si hemos tratado de conocer los diversos
aspectos y componentes de esta colosal confabulación del mal que se expresó el
11 de septiembre; si hemos al mismo tiempo tratado de medir las consecuencias
de la inminente reacción en manos humanas, entonces, todo va por el camino
correcto. Pero si nos hemos abandonado o rezagado en esta tarea, creemos que
hay algo que ignacianamente no funciona muy bien hoy y aquí.
En cualquier caso, el
conocimiento lo más correcto posible de lo que ocurre es el primer paso y es
profundamente ignaciano. Como vemos, no es sólo
ni básicamente un problema técnico. Más bien, tiene raíces en las virtudes y
los defectos, en la necesidad del triunfo de la honestidad intelectual pero
también de la perseverancia, de la humildad y del compromiso.
2. Elaborar una posición cristina y humana frente a esa
realidad
El conocimiento de la
realidad es como la infraestructura de la política. Sin él nada podrá hacerse
que no se constituya una tocar la flauta del cuento. Pero con ese conocimiento
tampoco hemos logrado mucho si no elaboramos una posición propia frente a esa
realidad.
En una concepción
ignaciana existen principios cristianos que debemos necesariamente incorporar.
No es éste el espacio en el que debamos pretender, siquiera, una recopilación
parcial de todos los que de ellos aplicarían a la política. Es una tarea que
queda a profundizar debidamente.
Pero no todo en la
política será aplicación de los principios cristianos. Habrá también
indeterminaciones que tendrán que ser complementadas con la razón natural que
tiene menos de inmutable y más de adaptación a las circunstancias.
Por eso hacemos la
diferenciación: todo lo cristiano será humanista, pero hay muchas
determinaciones humanistas que no son necesariamente cristianas porque las
compartimos todos los seres humanos.
Creemos que la
elaboración de esta posición frente a la realidad tiene una clara connotación
de levadura en la masa, idea evangélica aplicable a los Apóstoles designados
para difundir la Buena
Nueva a la humanidad a lo largo del espacio y del tiempo: no
poca cosa para doce que, en realidad, iban a ser once si contamos sólo a los
que vinieron con Cristo y salieron luego a predicar.
Hace unos días
esperaba en el zaguán de la casa de Fátima, aquí en Miraflores, y me llamó la
atención un afiche pegado en la pared de la portería.
Decía algo así como
”Si quieres siempre cosas imposibles, si muchas veces te dicen loco por lo que
aspiras” entonces tienes muchos amigos en la Compañía de Jesús.
No son las palabras
exactas pero sí es la idea que, en el fondo, no es sino la que existe en el
pasaje evangélico de ”La
Levadura de la
Masa”.
En este mundo tan
construido, tan informatizado, parece poco posible que podamos hacer algo casi
a mano. Sólo el intentarlo da la impresión de ser cosa de locos. Pero hay algo
más grave aún cuando las facciones se polarizan y hay que adoptar una posición
propia: siempre es más fácil ubicarse en los extremos.
Es más difícil, y a
veces casi heroico, predicar lo que la sana razón aconseja.
Nos gustaría volver al
tema del 11 de Septiembre en Nueva York y a su evolución. ¿Cuál debe ser el
mensaje cristiano y humano frente a estos hechos?
Sin duda hay que
excluir la indulgencia con el terrorismo. Pero también hay que preguntarse si
la respuesta deber tener límites o no y, en caso de que los debiera tener, hay
que preguntarse cuáles deben ser.
Lo propio puede
suceder con muchas otras cosas. Para poner el ejemplo de esta tierra en la que
estamos, hay que decir que en nuestro entender, los peruanos aún no hemos
elaborado una posición consistente contra la corrupción y que, por lo menos es
nuestra impresión, todavía hay mucho más de primitivo que de civilizado en la
manera como entendemos retornar a la esencia luego de presenciar,
probablemente, el periodo de corrupción política mejor documentado en la
historia de la humanidad.
Da la impresión de que
todavía tenemos más revancha que consistencia en la búsqueda de la honestidad,
sin que esto pretenda desmerecer los sinceros esfuerzos que muchos hacen,
dentro y fuera del aparato de Estado por eliminar o, cuando menos, reducir
drásticamente la corrupción. No puede haber aproximación ignaciana a la realidad
si se prefiere no elaborar la posición cristiana y humanista frente a ella.
3. Crear
alternativas que puedan orientar la realidad hacia el bien común
La
conciencia de tener que actuar en la realidad comienza por elaborar un plan
para cambiarla. No es todavía el paso hacia la acción, pero sí es la
prefiguración inteligente de qué y el cómo hacer. La
actitud cristiana y humana es un punto de partida, un insumo para repensar la
realidad, si no partido de esta actitud, no cambiarán las cosas, no producirán
fruto.
Hoy se habla, por
ejemplo, de planeamiento estratégico, un instrumento que, indudablemente,
contiene técnicas que personalmente respetamos y cuyo uso alentamos. Pero es
asombroso cuan fuera de la política se hace el planeamiento estratégico. Dentro
de ella reinan más bien la improvisación y la respuesta a la coyuntura, cuando
no la demagogia a los cálculos electorales.
Generalmente, la
acción política es una mezcla compleja de elementos, entre los cuales suelen
estar uno o algunos de los indicados en el párrafo anterior. Una actitud
ignaciana frente a la política nos exige reflexión para orientar el cambio de
la realidad.
Este es un rasgo
profundamente ignaciano que no comparten todos los seres humanos y, ni
siquiera, todos los cristianos porque existen hermanos en la fe que prefieren
una actitud contemplativa y de sacrificio que excluye el actuar directamente en
el mundo. Es una forma que la
Iglesia, y otras confesiones también, han reconocido como
válida y no tenemos crítica contra ella.
Pero la actitud
ignaciana es distinta y también es válida: preocupación por la realidad para
hacer un plan de transformación, completando la creación divina entregada a la
humanidad. El episodio de ganarás
el pan con el sudor de tu frente y sus reflexiones subsecuentes en el Génesis,
son un buen sustento para esta actitud de transformación de la realidad porque
es precisamente el objeto del trabajo humano el intervenir en la realidad, pero
haciéndolo ordenadamente, como una colaboración a la acción divina.
En todo caso,
planificar el curso de las cosas y conducir la propia acción por causas racionales
no es metodología privada de la edad moderna: siempre hubo seres humanos e
instituciones que pugnaron por crear metodología de trabajo reflexivo frente a
la realidad. Desde el punto de vista cristiano, además esto es correcto porque
la creación tiene racionalidad que se manifiesta al hombre a través de su
entendimiento y le permite acomodar las relaciones humanas y el manejo de las
cosas al bienestar de todos, que es precisamente el bien común.
4. Intervención en la realidad para modificarla**
Este es un aspecto
capital de la posición ignaciana. Lo anterior es parte de muchas concepciones
de vida, cristiana o no cristiana. Sin embargo, hay un momento en el que
Ignacio se pone el overol, se remanga y comienza a utilizar los alicates y los
destornilladores. Sin ello, Ignacio será un homónimo, no San Ignacio de Loyola,
el de los jesuitas.
Es muy importante
notar que a lo largo de todo su vida, y luego a través de la formación que la Compañía da, la praxis es
un componente esencial, no sólo de la actitud frente a la vida, sino también de
la conciencia de transcendencia del ser humano.
En efecto: Ignacio de
Loyola trabaja sobre la vida para modificarla. Eso son todas sus actividades y, también, los colosales
viajes de evangelización y de acción que inculcó a sus compañeros directos y,
con ellos, a todos los jesuitas de la historia. Nosotros, los ex alumnos,
fuimos siempre estimulados a trabajar sobre la realidad, de distintas maneras,
con aproximaciones ideológicas y culturales distintas que siempre compartimos,
pero la metodología de trabajar en el mundo fue parte esencial que se tradujo
en acompañar comunidades campesinas, en construir iglesias en pueblos pobres,
en repartir víveres entre quienes los necesitaran o, desde luego, en usar parte
del tiempo libre de los fines de semana para dictar catecismo entre muchachos,
muchas veces, cercanísimos a nosotros en edad.
Desde el punto de
vista de la Fe,
además esta acción en la tierra es el camino de salvación. La
solidaridad es un rasgo típico de la formación jesuítica, no siempre reconocido
en su verdadero valor en las concepciones extremadamente individualistas que
muchas veces se defienden en nuestro lado en los tiempos actuales.
Por eso, en su recto
sentido, la aproximación jesuita exige que transformemos la
realidad política en un acto de esperanza, virtud teologal de
gran transcendencia para los cristianos: esperanza de poder contribuir en la labor de Creación
divina para cambiar el mundo hacia el bien común; pero también esperanza
de salvación trabajando por el prójimo y solidaridad, dos palabras tan queridas
por el Evangelio.
5. La síntesis humanizadora de la actitud ignaciana hacia
la política**
Creemos que la actitud
ignaciana hacia la política es de gran desarrollo humano porque es altamente
civilizada: exige esfuerzo en el conocimiento de la realidad,
sometiendo nuestras propias limitaciones para elaborar alternativas morales
consistentes, creatividad para diseñar los nuevos cursos del mundo hacia el bien
común, y el trabajo concreto de solidaridad con el prójimo.
Todo ello en lucha
contra nuestras flaquezas y en constante promoción de las virtudes de nuestro
espíritu. Trabajar de esta manera, colaborará a mejorar el mundo y engrandece
al que dedica su tiempo a la política.
Un corolario muy
importante de todo ellos es preguntarse: si está en nuestra herencia como
exalumnos jesuitas ¿Por qué no ocupar nuestro lugar en la política para
ejercitarlo en el bien de los demás? Los obispos peruanos hicieron hace
muchos años una carta a la feligresía que titularon ”Política
deber cristiano”. Pienso que fue un título muy ignaciano y que
vale recordarlo aquí para que nos ayude a reflexionar sobre, hasta dónde,
dedicarnos a la cosa pública con el bagaje de San Ignacio no es solamente
opción, es más bien un compromiso ineludible.
Tomado de: Cuadernos
de Espiritualidad , No. 97, Enero 2002.
*Marcial Rubio es,
actualmente, rector de la Universidad Católica. Ha sido ministro de
educación. Esta es su intervención en el Congreso Latinoamericano de ex alumnos
jesuitas celebrado en Lima .